Al llegar a la nueva ciudad la estación se acercó hasta los rincones de la más amplia espesura, la que enredaban sus recuerdos. En los andenes vacios la reconoció, con el pañuelo de lágrimas. Los acientos de su vagón crecíeron desmesurados, y ya no fue posible descender. Era la misma despedida. La nueva estación, ya envejecida, iva quedando atras.