Quiero dar con ella para leer en su mundo mis verdades, reir de sus locuras y aprender de sus risas. Para mantener la vela encendida sobre la tabla seca y dormirme en sus colores, si alguien sabe de ella por favor que le diga que regrese a sus lugares, y que yo me entere... y gracias.
Al llegar a la nueva ciudad la estación se acercó hasta los rincones de la más amplia espesura, la que enredaban sus recuerdos. En los andenes vacios la reconoció, con el pañuelo de lágrimas. Los acientos de su vagón crecíeron desmesurados, y ya no fue posible descender. Era la misma despedida. La nueva estación, ya envejecida, iva quedando atras.
Desde las primeras horas de la mañana sucedían extraños acontecimientos que no paraban de inquietarme, y daba vueltas en mi cabeza el presentimiento. Cuando llamó solicitando mi ayuda en la sala de archivos, mi corazón ya veía venir el movimiento.
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Veraneaba la siesta de mis padres dormidos y por la cuerda de la azotea, que aún está, bajaba al patio y me escondía en la sombra del eucalipto. No era el único y mordiendo silencio reíamos todos. Y cuando fuimos únicos, te besé.
Paseo
Lo que suele ejercer mayor presión sobre los acontecimientos primarios en el desarrollo de los menos evolucionados es justamente la acción parásita de los estabilizadores del medio, que tienden a eliminar lo diferente, y desconocido, por considerarla potencia de peligro eminente, adjudicándoles, en una evaluación simultánea y previsora, connotaciones de elevada perfección, de las cuales viene deducible la posibilidad de victoria. El ente perfecto estabilizador se pierde en su responsabilidad y anula en ello la efectividad con la que debía responder al ingresar en la condición. Es allí cuando en la cumbre del último razonamiento expira inmerso en el caos la frase: nace el kaos.Hoy pensaba dejar aquí algo que ya tenía escrito pero me apeteció antes escribir un pequeño bosquejo, para luego desarrollar la historia completa de algunas ideas que me circulaban por la cabeza y no me dejaban concentrar. No eran grandes ideas por lo que debía a cada rato dedicarles bastante tiempo. No eran auto suficientes ni desarrolladas, eran traviesas glotonas y a menudo entre ellas se peleaban. Como gatos hambrientos me perseguían cuando por un instante conseguía por fin liberarme de ellas. Con amor las trataba, eso si, porque era yo su único guardián. Sin mi morirían y la parte más pequeña de mí, la de escritor recién nacido, también.


